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No hay una manera elegante de decir esto, pero la línea del horizonte de Londres quedó destruida. Ahora hay por lo menos 30 torres construidas, o por construir, de una altura promedio de 150 a 200 metros. Son el logro de los deseos de los inversionistas y de las políticas del ex alcalde Ken Livingstone, continuadas con igual vigor por Boris Johnson, aun cuando alguna vez prometió que sería más duro con respecto a la altura.

Hace 10 años, los planes de construcción de edificios como el Shard, en el centro de Londres; y el Gherkin, eran ampliamente publicitados, se producían debates y se sometían a encuestas públicas. Hoy, los emprendimientos inmobiliarios y los arquitectos presentan una modesta exposición pública en el vecindario lindante con las torres que proponen y no tienen ningún interés en que se conozcan más ampliamente sus proyectos. En sus páginas web, a menudo resulta difícil darse cuenta de que lo que están proponiendo son edificios de gran altura. Predominan las plazas adornadas con mesitas de café y planos del terreno en colores pasteles o imágenes de una linda pareja de yuppies que tendrá su morada en el cielo.

En noviembre pasado se aprobó algo más desgarrador. Se neutralizaron casi todas las formas de resistencia, como los organismos creados por la ley para supuestamente orientar al sistema de planificación, y se dejó a pequeños grupos vecinales, de poco alcance, para que dieran voz a sus protestas. Por cierto, si estos edificios de gran altura fueran capaces de transformar a la capital en una hermosa metrópolis del siglo XXI, sería objeto de celebración. Pero se trata a menudo de unidades de especulación apiladas en altura y adornadas con los egos inmobiliarios. Son una invitación para que los evasores de impuestos vengan a Gran Bretaña a lavar su dinero.

Lo que hoy está ocurriendo es la culminación de 15 años de presiones para construir más alto. Cuando se eligió a Livingstone alcalde de Londres en el año 2000, él apoyó con todo entusiasmo las construcciones de torres. Cenaba con los desarrolladores en privado y anunció en público la gran ganga para la capital: se les permitiría construir tan alto como quisieran siempre que él pudiera cobrar un diezmo para gastar en cosas como viviendas económicas.

Produjo un Plan de Londres, que entre otras cosas impulsaba las construcciones altas alrededor de las grandes estaciones de trasporte para fomentar que los habitantes de esos edificios usaran el trasporte público.

Se dijo repetidas veces que, con el precedente del Gherkin, de Norman Foster, las torres debían ser de la más alta calidad arquitectónica y debían también “estar en el lugar adecuado”. Se propuso el Shard, que por venir del afamado Renzo Piano y con cierto estilo peculiar en su forma, fue aprobado después de una encuesta pública. Tiene una incidencia importante en la catedral de St. Paul, cuando se lo divisa desde Hampstead Heath, un barrio en una colina del norte de Londres, vista que las políticas de planificación consideran significativa pero no lo suficiente como para detener su construcción. En 2005, Lord Rogers, que antes era socio empresario de Piano y de Foster obtuvo el permiso para el Leadenhall Building, un edificio de 225 metros en la City de Londres.

Alentadas por estos precedentes, aparecieron otras propuestas cuyas encumbradas calidades arquitectónicas y exigencias de estar en el lugar adecuado parecían cada vez más tenues. No solo estaban en la City de Londres, sino también en la orilla sur del río en Southwark, Waterloo y Vauxhall. Se propuso la Torre Vauxhall de 180 metros, una bofetada en el medio de la vista desde el puente de Westminster, que oficialmente se considera importante y que requiere cuidados especiales. No se nota el cuidado especial en el diseño. Se hizo una encuesta pública y el inspector de la encuesta concluyó que no se debía construir. John Prescott, sin embargo, que era el ministro encargado de estos asuntos, usó su poder para invalidar el consejo. Esta torre está actualmente en construcción y el exterior casi terminado.

En la City de Londres, el funcionario de planificación Peter Rees atesoró durante bastante tiempo la idea de que los edificios altos debían estar agrupados de tal manera que colectivamente compusieran una forma más o menos cónica, cuya máxima altura se elevaría cerca del Bank of England. Pero luego apareció el “Walkie Talkie” (20 Fenchurch Street), de Rafael Viñoly, que con su brillante concepto supo captar perfectamente el espíritu de la época de adoración al dinero de los años previos al crash: a medida que se eleva se engrosa, para reflejar que la superficie del suelo se torna más valiosa cuanto más arriba se eleva. Del Walkie Talkie, cuya estructura hoy está en construcción, jamás podría decirse que está dentro de la agrupación mencionada, sin embargo, Rees consideró que está en el lugar “adecuado”.

En Elephant and Castle, al sudeste de Londres, se construyó Strata SE1, de 148 metros, que sería el ganador de la Copa Carbuncle, premio otorgado por la revista Building Design al peor edificio del año. Otra vista que las políticas de urbanismo consideran digna de protección es la de las Casas del Parlamento vista desde el puente Serpentine, en Hyde Park, sus agujas góticas enmarcadas por los árboles y el agua. Aquí, el Strata se balancea como pato en el fondo del escenario y, por supuesto, tampoco está en el “lugar adecuado”.

Invade el panorama una nueva ola de propuestas y en breve se enviará la solicitud para construir otras torres al lado del Shell Centre, con grandes expectativas de éxito.

Así vamos. Las políticas se articulan de tal forma que, generosas al principio, luego se flexibilizan más allá de cualquiera interpretación razonable de su sentido. Se hace la ley y luego se rompe. Los conceptos como “la más alta calidad arquitectónica”, para citar la versión Johnson del Plan de Londres, rápidamente se degradan. Los proyectos más antiguos, entre ellos el Walkie Talkie, proponían miradores que, aunque bajo control privado, tenían el nombre de “espacios públicos”. Ahora ni siquiera.

Los resultados de estos procesos mezquinos se verán desde cualquier punto de la capital: de los famosos edificios, de las colinas y los parques, hasta en el fondo de las calles. El Támesis lucirá riberas con escalas diferentes. Nada de esto sería un problema si se homologara con la línea de urbanismo oficial de que todos los edificios deben estar bien diseñados y en el lugar adecuado. O bien, para citar la política de Johnson, deberían formar “grupos cohesionados de edificios”, “contribuir en forma positiva a la imagen y al entorno edificado de Londres”.

El Shard y el Gherkin son impresionantes, soberbios, aunque con defectos importantes: los desafío a pararse en la base de cualquiera de ellos y decir que están en un espacio público a nivel mundial. Pero se ha dicho que no podían ser mejores.

No hay una visión, un concepto ni un pensamiento acerca del efecto que producirá esta tendencia en Londres, excepto que será grande. Al proyectar una cocina, por lo general se vislumbra la totalidad antes de empezar, pero a la ciudad no se le ha dado esta posibilidad. Debería corresponder a aquellos que quieren hacer esos grandes cambios, y sacar provecho, demostrar su calidad. Así las cosas, es mejor que no nos hagamos los desentendidos antes de que sea demasiado tarde.

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Aeroleo

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